NYI: NEW YORK, YOU ARE THE ONE

Tanta gente me había hablado de ella y tantas veces la había visto en la pantalla que, parecía que ya la  conocía. Bocas que se llenan de sus historias, edificios, calles y ambientes. Artículos que hablan de ella, fotos, vídeos y reportajes. Películas, canciones, libros… Es como una diva, inalcanzable y mundialmente famosa, llena de proezas y defectos, que la cubren aún más de ese polvo de oro que la mitifica. Pero… aún así, tenía curiosidad.

De esta forma decidí ir, por fin, de vacaciones por primera vez a New York. Una persona, aún no habiendo ido jamás, dijo que eran necesarios 10 días de estancia para conocerla. Cuán grandiosa es esta ciudad, que hasta los que jamás han ido se creen capaces de hablar de ella. 9 días, 8 noches, una barra de carmín rojo y mi amor de la mano. Primera cita a ciegas con la gran Manzana, agosto de 2012. New York, you are the one.

NY I: Empezando por el principio

No voy a empezar por contar a qué hotel fuimos, ni cómo llegamos, ni en qué compañía aérea… porque la ciudad, según llegamos, se mostró en su ferocidad, oscura en la noche, abrasadora, enorme, poblada y vieja. La calle nos recogió, ya en Manhattan, entre neones deslumbrantes. Lo mejor sería empezarnos a conocer, por el principio.

Primer día y la primera visita, para mí obligatoria: Ellis Island y el Museo de los Inmigrantes. Su historia te ubica en la ciudad y su forma vida, además de repasar la historia de la creación de los Estados Unidos de América. La visita no nos descubrió del todo la ciudad y sus secretos, nos hizo falta compartir un perrito con Dennis e Irishd en Nathan’s, Cony Island, una conversación de dos horas con un taxista portoriqueño, y un par de conversaciones casuales espontáneas con gente en la calle. Aún así, sigue habiendo misterio.

Accede a Ellis Island desde el Ferry que se coge en el muelle de Battery Park, al sur de Manhattan. 17,00$ cuesta el pasaje de la nave que, si lo deseas, también te deja en la Isla de la Estatua de la Libertad. Desde el 11M está cerrado el acceso a su corona por lo que yo no la recomiendo. Desde el barco se ve perfectamente.

La visita al museo fue maravillosa. También disfrutamos de la propia isla, y comimos en la Ellis Island Café. Super recomendables su Chicken Tender Platter y su Organic Lemonade. Son los mejores de su clase (la limonada es la ÚNICA hecha a mano que tomamos en los 8 días que estuvimos, que consiste en zumo exprimido de limón, con agua, azúcar y hielo, la limonada mundialmente clásica). Con servicio gratuito de agua y café, bajo la sombra de los árboles, junto al mar… comer allí al aire libre es un auténtico placer. Al otro lado, Manhattan. El regreso fue estupendo. Manhattan parecía más desnuda.

Caminamos desde Battery Park hasta Bowery. Pasamos Wall Street, Soho, y Little Italy. ChinaTown nos miraba desde la derecha… Otro día iríamos.

Siguiendo el rastro del alma de la ciudad fuimos otro día en busca de más historia. Llegamos en metro hasta Coney Island (líneas naranja D y F y amarilla N y Q).

El metro llega a Coney Island a través del Manhattan Bridge. Atravesamos Brooklyn en Sábado, y los Judíos Ortodoxos se dirigían a sus ritos, vestidos con los trajes habituales ceremoniales. Ante nuestros ojos pasaban rápidos. De colores vivos y negro, parecían vestimentas exóticas. Dos niños orientales con una madre cargada de flotadores, sentados a ratos con nosotros, los veían en los ratos que se asomaban, a un lado y otro, en el vagón. Un hombre “moreno”, como los llamaba el taxista portoriqueño, los seguía con la miraba y sin vergüenza de mirar, entre risas y sonrisas, por sus tropiezos y travesuras. Hay cosas universales. Apunté ese día en mi listado la ternura por la infancia y la mirada nostálgica de los ancianos.

La estación del parque de atracción es la última. Si te pierdes, sigue a las familias con sillas y toallas. Ellos van a la playa, y tú también. Camina hacia el mar.

El parque de atracciones se alza sonriente y turbador como un fósil viviente. Nathan’s te recibe con sus perritos a 4,25$, que no hay que perderse. Probé los de chile. Parecía vómito, pero me lo llevé a la boca, tal y como hacían todos los que me rodeaban. Tenían razón al comer de forma voraz: son deliciosos, y ¡muy fuertes! El paseo marítimo es largo, muy largo. El horizonte se pierde. Tiene un aire decrépito, como esos sitios que vivieron tiempos mejores, que lo hace sereno, ya casi anciano, e invita a reducir el paso. Es una belleza aletargada. En la playa sólo había familias. Niños, niñas, y familias. Carritos llenos de comida, latinos en su mayoría. No vimos a los rusos, de los que nos habían hablado. Las olas del Atlántico allí eran suaves. Trataban bien a los que se bañaban. Las mujeres latinas, de edad media, se bañaban vestidas. Eran agradables y divertidas. Había risas, sol, mar y viento. Es un sitio tranquilo, como su belleza. Y extrañamente, para los que estamos acostumbrados a playas abarrotadas,  poco poblada, al ser la única playa de acceso público más cercana a Manhattan. Las gaviotas acechaban a un joven que comía churros. Un socorrista, sentado en lo alto de una silla de vigilancia, comía patatas fritas, tapado con su gorro de ala media, escondido tras sus gafas de sol. Un bello edificio se caía junto al paseo. Los monstruos marinos de sus paredes se desconchaban con los días. Bajo del edificio, una cola de fans esperaba a un grupo musical. Esa tarde tocaban los Jackson’s.

La famosa pizzería Grimaldi’s había estrenado un nuevo local en la Surf Avenue, la calle principal paralela al paseo. Un muchacho repartía folletos en la puerta. Ese día, aún no había cola, según parece, habitual de la casa.

Estas dos visitas fueron geniales pero teníamos ganas de caminar. Caminar largo, muy largo. Dennis nos recomendó un paseo y un lugar al que todos los estadounidenses que van a NY acuden, no, por el contrario, los europeos. Decidimos ir, para confirmar la regla. Pero eso es ya parte de mi próxima historia sobre mi viaje en NY. Os dejo con la fotos, que espero os gusten. Xoxo

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